«Recibid al débil en la fe, pero no para contender sobre opiniones…» Romanos 14:1

Uno de los puntos más críticos en la vida de cada cristiano, es la correcta valoración de nuestra posición. A menudo sucede que nos comparamos automáticamente con los hermanos que tenemos al lado «éste es más débil… éste no tanto»…y en esta valoración nos colocamos en la función del Espíritu Santo y lo más probable es que nos equivoquemos.

Esa es la razón por la cual Dios no quiere que juzguemos a los demás, porque Él conoce los valores mezquinos y egoístas con que pesamos nuestros juicios. Aún reconociendo que alguien está viviendo una situación de debilidad, yo debo recibirlo.

En este punto muchas veces reaccionamos de una manera opuesta a la que debemos. Cuando alguien es reconocido en una situación de pecado, tratamos de alejarnos de esa persona, no queremos que esa persona tenga nada que ver con nosotros. Esto es como abandonar a un herido a su propia suerte.

Que hubiese pasado si el Señor hubiese dicho: «Tengo vergüenza no voy a la cruz», pobrecitos de nosotros. Un día Dios dijo: «Voy a recibir a los pecadores» y utilizó su Gran amor, el amor que no merecíamos.

Su Gracia para acercarnos, fortalecernos, consolarnos, y cambiar nuestras vidas. ¡Qué sería de nosotros, si Él no se hubiera acercado!. Pero Él se humilló a sí mismo, bajó a nuestro nivel para comunicarnos Su Mensaje.

Es en esta actitud de humildad, cuando se está en condiciones de recibir al «débil en la fe», ¡Ojala que siempre estemos dispuestos a recibir al débil en la fe!. Sería muy triste si Dios no nos recibiese a nosotros. Un débil necesita recobrar fuerzas y esto toma tiempo. Deberá alimentarse, descansar, y ejercitarse espiritualmente, por ello Dios advierte que el que está débil, no puede contender sobre opiniones, no está en condiciones, no tiene autoridad, el tiempo y su obrar mostrarán su estado fortalecido o no.

Muchas veces cristianos débiles se meten en problemas en los cuales no deberían estar, porque tienen opiniones que emanan de su debilidad o de sus heridas, de conocimientos incompletos de la Palabra de Dios o de su propia manera carnal de ver y hacer las cosas.

Con amor debemos ayudarles, para que aprendan, pero no deben intervenir, hasta no haber salido de su debilidad.

¡Señor ayúdame hoy a recibir al débil, amarlo, cuidarlo y fortalecerlo!