De un santo accidental: Conversaciones en torno a reacciones a la publicación de ‘Santos accidentales: encontrando a Dios en las personas equivocadas’

De un santo accidental: Conversaciones en torno a reacciones a la publicación de ‘Santos accidentales: encontrando a Dios en las personas equivocadas’

Y ya. He ahí mi primera equivocación. Así no se menciona un libro. No en un título. Pero espero que de esa manera se vayan decantando las personas que quieran leer la siguiente conversación. A escasos meses de su publicación en español, Nadia Bolz-Weber ya empieza a espantar y atraer lectores, tal como ya se estiló en el mundo que habla su idioma.

Una publicación de Protestante Digital (“El evangelio según Nadia Bolz-Weber”) descarta a esta pastora luterana por sus posturas frente a la doctrina de la cruz que el autor del artículo considera no bíblicas. Es posible que esa no sea la única voz que, ahora en el mundo hispanohablante, manifiesta sus preocupaciones por lo que se piensa que es una falta de acentuación en aspectos como la ira de Dios en la cruz y la expiación penal substitutoria (i.e, que Cristo murió en nuestro lugar). Esas voces se unen a las que desde hace ya varios años se vienen levantando en torno al discurso de Bolz-Weber, cuestionándolo.

Es bien sabido que el contenido de un texto es asunto de su autora o autor. Sin embargo, hay cierto espacio para que los canales por los cuales se transmiten esos contenidos se sientan invitados a la conversación que resulta de las preguntas que se levantan. Si bien la publicación ya mencionada en Protestante Digital no es una pregunta que invite a un diálogo, bien vale la pena recuperar ese intento y convertirlo en una oportunidad de intercambio.

Nuestros esfuerzos editoriales ya han sacado a la luz aportes que contribuyen a iluminar cuestiones de hondo calado como el referente a la centralidad de la cruz en el andamiaje doctrinal cristiano. Me refiero a Mucho Más que una Cruz, un texto copilado por Marcos Baker, que reúne artículos suyos y de colaboradores provenientes de los más diversos trasfondos teológicos y eclesiales. Baker arranca a partir de una metáfora que sostiene a lo largo del libro. Es la metáfora del prisma, un poliedro que le permite al rayo de luz que lo atraviese difuminarse en toda la gama posible de colores. De manera similar, la cruz puede –y debe- ser vista como el prisma que le hace justicia al colorido diverso del relato del evangelio. Agregaría yo que, parodiando a Chimamanda Ngozi Adichie, la cruz debe evitar “el peligro del relato único.”

La diversidad de aristas, de acentos, en el relato poliédrico del evangelio permite que se le escuche, por ejemplo, desde la vida de Jesús para abordar su muerte, antes que desde la muerte de Jesús para interpelar su vida. Tal lectura, que para el autor del artículo ya mencionado en Protestante Digital es evidencia de cobardía, pone el acento allí donde el evangelio ya lo había puesto: en la gracia. Haciendo a un lado el adjetivo calificativo, me pregunto si la pregunta con que el autor cierra el artículo al cual hago referencia conducirá a la respuesta que él espera. Dice el autor: “La doctrina (sic) de Bolz-Weber podrá ser popular entre jóvenes por sonar a novedad. Pero lo será solo hasta que esos jóvenes abran sus Biblias y revisen si eso que les han dicho es consistente con lo que está escrito.” Es posible que autor no se haya percatado del fenómeno que se desenvuelve ante nuestros ojos, mayormente en los contextos urbanos. Resulta que, precisamente porque las nuevas generaciones están redescubriendo la fe y reencontrándose con la Escritura, captan, no como novedad, sino como esperanza, un relato que sí responde a las angustias gestadas por maldiciones insolubles como, por ejemplo, el planteado por la deuda. Es posible que para Anselmo, en su muy influyente Cur Deus Omo, en la Edad Media, la metáfora que pone a Dios como el acreedor que viene a arreglar cuentas con sus mayordomos quienes le adeudan unos dineros, haya sido el recurso apropiado para ilustrar la salvación. Con todo, es aún más posible que la esperanza provenga de redescubrir en el evangelio la buena noticia de que Dios, antes que un terrateniente que se ha ausentado, es, en Jesús de Nazaret, el que se pone de nuestro lado con el arma atrevida y para nada cobarde del perdón. Desde Jénkélovitch en los años 70 (referencia a su texto Pardon), y él parapetado en Sto. Tomás y los profetas del Antiguo Testamento, venimos escuchando que “solo se perdona lo que no se puede perdonar,” lo que a su vez apunta a un rasgo definitorio de la deuda: “es el déficit que no se puede cubrir.” En el evangelio la deuda no se cobra. Se perdona. He ahí por qué amanuenses como quien aquí escribe osa participar en estos conversatorios. La gracia me encontró. A mí también. Accidentalmente.

Sin embargo, está el asunto de la novedad. El teólogo y escritor colombiano, Juan Esteban Londoño, en conversaciones personales nos enrostra que, al trabajar a la Bolz-Weber, no estamos aportando nada nuevo. En efecto, no estamos aportando nada nuevo. El hecho de que la voz de Bolz-Weber sea novedosa no quiere decir que en ella haya algo nuevo. Lo novedoso y lo veraz suelen excluirse. La gracia, énfasis en Bolz-Weber, le viene de una historia vieja que hace 500 años rescató Lutero, pero que ya tenía varios siglos de longevidad desde San Pablo, quien a su vez la supo porque era un énfasis que mucho más atrás habían hecho profetas como Habacuc. Lo novedoso puede estar en el lenguaje de Bolz-Weber, su interacción con la estética contemporánea urbana, incluyendo la corporal, pero el peso de sus palabras radica en lo arcaico de su mensaje.

Irónicamente, y sin que uno se lo hubiera imaginado, ese énfasis en la vieja historia de la gracia pareciera ser novedoso. Incomoda al autor del artículo en Protestante Digital, y a otros más que a manera individual se han comunicado con la editorial para manifestar su preocupación. El acento en la gracia les parece un atentado a un Dios airado. La verdad es que ese énfasis incomoda a la misma Bolz-Weber quien describe la gracia como “…el mejor sentimiento de mierda en el mundo. No quisiera necesitarla. Prefería poder hacerlo todo… y de tal manera que nunca me enredara…” (p. 193).

Es posible que no sea el caso, pero como participante en este proyecto editorial francamente díscolo, mi deseo, que ahora convierto en oración, es que las incomodidades expresadas sean las reacciones molestas a un mensaje perturbador: “…lo que pasa con la gracia, la gracia real, es que tiene su aguijón. La gracia pica porque si es real significa que no la merecemos… Lo que yo necesito es romperme y volverme a remendar en una forma diferente… Necesito exactamente aquello que hago cuando hago todo lo necesario para poder evitar lo que necesito” (p. 193).

(*) Alvin Góngora es teólogo colombiano. Miembro del Comité Editorial de JUANUNO1 Ediciones, y traductor del libro “Santos Accidentales” de Nadia Bolz-Weber al español.

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