Los dragones de la Biblia

Los dragones de la Biblia

En aquel día Jehová castigará con su espada dura,

grande y fuerte al leviatán serpiente veloz,

y al leviatán serpiente tortuosa;

y matará al dragón que está en el mar.

(Is. 27:1)

El término “dragón” en la Biblia parece tener un doble significado. En muchas ocasiones, su sentido es claramente simbólico y se refiere al poder del mal o a la lucha entre Dios y el monstruo del caos. Esta concepción del dragón maligno como enemigo de las divinidades se daba también en algunos pueblos periféricos a Israel como, por ejemplo, en las cosmogonías babilónica, asiria y fenicia. Pero también, en otras ocasiones, el texto bíblico usa la palabra “dragón” para hablar de seres naturales o de animales terrestres y marinos, cuya identidad real ha sido objeto de debate entre los autores a lo largo de la historia. ¿Se refiere la Escritura, al mencionar a los dragones, a seres auténticos pero extintos que estuvieron en contacto con los humanos en la remota antigüedad -como afirma el creacionismo- o, por el contrario, hay que entender que se trata siempre de los mismos animales que existen hoy o bien de seres míticos que no existieron jamás? Lo que está claro es que en la Biblia no se habla en absoluto del mítico dragón alado imaginado por tantos pueblos, con una cresta en la cabeza, enormes garras y capaz de echar fuego por la boca.

La palabra “dragón” en hebreo es tannín, תִָּנִּין, y se refiere a un “monstruo”, “serpiente marina” o algún “gran reptil” con características poderosas y destructivas. Fue traducido al griego por drakon, δράκων, de donde procede la palabra en español. La raíz de la que proviene drakon es derk y significa “ver”. De ahí que, en ocasiones, se considere que el dragón o monstruo marino sería un ser que supuestamente poseería una gran agudeza visual casi hipnótica o paralizante, hostil al hombre y que sería símbolo del caos primordial, del mal o del propio diablo.

No obstante, la misma palabra hebrea (tannín) que unas veces se traduce por “dragón”, en las versiones actuales de la Biblia, en otras, se emplea para referirse a animales reales o a fieras como los “chacales” (ver CHACAL). Por ejemplo, la referencia al dragón en el texto de Ezequiel (32:2): eres como el dragón (tannín) en los mares; pues secabas tus ríos, y enturbiabas las aguas con tus pies, y hollabas sus riberas, difícilmente puede aplicarse a la ballena o algún otro cetáceo marino sino a un ser terrestre o anfibio tetrápodo semejante al cocodrilo, aunque posiblemente de mayores dimensiones. Sin embargo, en el libro de Malaquías (1:3), el femenino plural de la misma palabra, tannoth, תַּנּוֹת, se traduce como “chacales del desierto”. De ahí que sea difícil entender el significado real del término “dragón” en cada uno de los versículos y contextos en que aparece.

Reconstrucción de dos ejemplares de Tyrannosaurus rex en el Museo Canadiense de la Naturaleza (Victoria Memorial Museum de Ottawa).

La palabra griega drákon tiene en el NT un claro simbolismo con el poder del mal -sobre todo en el libro de Apocalipsis- y, por tanto, se dice que no habría que interpretarlo nunca como referido a ninguna criatura real (Ap. 12:9; 20:2). Además, tanto los egipcios como los celtas, los griegos y otros pueblos antiguos identificaban también a los espíritus malignos o a los poderes ocultos de la naturaleza con imágenes de dragones. Ejemplo de ello es el famoso mito griego de la serpiente Pitón persiguiendo a Latona y a quien Apolo da oportuna muerte.[1] Ahora bien, ¿cómo llegaron a generarse tales imágenes de dragones y tantas leyendas de los mismos por todo el mundo en diferentes civilizaciones? ¿Fueron siempre producto de la imaginación descabellada -como la creencia en hadas y duendes- o quizás en los albores de la humanidad existieron animales susceptibles de generar estas creencias?

En la epopeya de Gilgamesh, propia de la civilización sumeria y creada entre los años 2500 y 2000 a. C., se habla ya de un dragón malvado que habitaba en un bosque de cedros y a quien Gilgamesh mató, cortándole la cabeza como trofeo. También se cuenta que cuando Alejandro Magno y su ejército entraron en la India, en al año 330 a. C., descubrieron que los habitantes de ese país adoraban a enormes reptiles que emitían agudos silbidos y habitaban en cuevas. Existen centenares de petroglifos, pinturas rupestres, cerámicas y tallas en diferentes materiales que representan figuras de distintas especies de dinosaurios halladas en varios países americanos (Perú, Ecuador, México, Estados Unidos y Canadá); en África (Egipto y Ghana); en el Creciente Fértil (Mesopotamia y Siria); en Asia (Camboya y China) y también en Oceanía (Sumatra y Australia).[2] En China son muy abundantes las historias de dragones que forman parte de su folklore, calendario y aparecen en cerámicas, esculturas y tapices. La leyenda de San Jorge matando a un dragón que vivía en una cueva es típica de muchos pueblos de Europa. En Irlanda existe un escrito del siglo X d. C. de un hombre que tuvo un encuentro con un dragón que, por la descripción del mismo, podría haber sido un estegosaurio.

Escultura que representa a San Jorge matando al dragón en una pared del atrio de la basílica católica de Santa Catalina en Belén.

En un libro de zoología del siglo XVI, Historia Animalium, existe una relación de reptiles vivos en aquella época, algunos de los cuales se podrían clasificar hoy como dinosaurios.[3] Un conocido naturalista italiano del momento, llamado Ulisse Aldrobandi, comenta el encuentro que tuvo un campesino, de nombre Bautista, el día 13 de mayo de 1572, cerca de Bolonia (Italia) con un dragón cuya descripción encaja con la del pequeño dinosaurio fósil Tanystropheus. Se explica cómo el campesino mató a este pequeño dragón.[4] ¿Forma parte todo esto de la imaginación humana o quizás los llamados dragones pudieron ser dinosaurios que sobrevivieron a las grandes catástrofes geológicas y conocieron al ser humano?

No podemos saberlo con certeza absoluta. Por supuesto, la ciencia evolucionista oficial se opone a ello y afirma categóricamente que el ser humano no pudo convivir con los dinosaurios. Sin embargo, la cantidad de datos existentes que contradicen esta creencia darwinista es asombrosa y esto, qué duda cabe, da que pensar.

Notas

[1] Coenen, L., Beyreuther, E. y Bietenhard, H. 1980, Diccionario Teológico del Nuevo Testamento, Sígueme, Salamanca, p. 50.

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