Sara Rivas, un ángel en misión al cielo

Sara Rivas, un ángel en misión al cielo

Sara Rivas ha fallecido hoy después de una larga lucha contra un linfoma agresivo y resistente a todo tipo de tratamiento convencional y de las últimas líneas de investigación oncológica.

No es una historia más, por muy dolorosa que haya sido, de las muchas que hollan la superficie de la vida. Es una historia de fe, de amor, de entrega.

Ha partido con el Señor, a quien amaba, este lunes 13 de mayo en Pekín. Allí fue desde Madrid con las alas que su familia (esposo, padres, hermanos…) y amigos construyeron desde la nada, en un esfuerzo por darle la última oportunidad, la más nueva de las técnicas de investigación aún no disponibles en España.

Nos decían hace poco, cenando Asun y yo con Febe y Héctor, sus padres, que la esperanza da fuerzas a la vez que te desmorona, porque no te rindes jamás, porque nunca dejas de luchar y de creer que un milagro es posible en contra de toda evidencia y apariencia. Es el ejemplo vivo palpable y desgarrador de la frase del apóstol Pablo a los corintios: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.

Y ellos, Febe y Héctor, como David su esposo, como su familia y amigos cercanos, se han desgastado día a día en un sangrado de fe y amor.

Soy testigo que por donde han pasado han regado esa esperanza como una hemorragia de lluvia invisible, han llenado el aire con el amor que siempre triunfa en cada derrota, incluso ante la expectativa de la muerte.

Muy pocas veces he visto el respeto que ellos han inspirado en el equipo sanitario que les atendía: “Son especiales. Transmiten algo que da paz, algo incomprensible…”

Sara ha volado desde Pekín al cielo llevando ese mensaje escrito en la palma de sus manos, en las alas que la llevaron hasta China, en la sonrisa que nunca quiso irse de su boca.

Sí, hay dolor, mucho dolor. Vacíos, ausencia, llanto. Pero no angustia. La esperanza sigue ahí, más fuerte que nunca. Ya no para desgastarnos ante la terrible realidad del aguijón de la enfermedad y la muerte, sino como escalera cuyos escalones todos recorreremos hasta llegar al lugar donde podremos de nuevo abrazarte, Sara.

Dejas aquí en la tierra una nube de testigos de tu fe inquebrantable en el Señor Jesús, y la de los tuyos.

Y -estoy seguro- una nube mucho mayor de quienes han sido testigos de esa fe te acogen hoy en la nueva Jerusalén, donde ya tendrás un nombre nuevo, el que fue escrito en el Libro de la Vida con la sangre preciosa del Cordero, el Dios todopoderoso hecho hombre que derramó su vida, su amor perfecto, por tí Sara, para darte vida eterna.

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar (Hebreos 12:1-3)

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