Andando como Jesús anduvo

Andando como Jesús anduvo

Al final del capítulo anterior, nos hacíamos esta pregunta: ¿cómo caminó Jesús de Nazaret? En el libro de Hechos 10:38 se resume de manera magistral la vida y obra de Jesús: “…el Señor anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él”.

No se puede caer en el error de “espiritualizar” el dinamismo y el poder del Hijo de Dios reduciéndolo a acciones exorcistas. De esta manera estamos limitando el ámbito de acción del Espíritu que informa el “Evangelio del Reino”.

Estar oprimidos por el diablo o por el “sistema” que nos esclaviza es lo mismo: esclavitud humana, material, económica, política, moral y espiritual.

El libro de Eclesiastés en su capítulo 4:1 declara: “Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quién los consuele; y la fuerza estaba en la mano de sus opresores, y para ellos no había consolador”.

Dios también prometió estar con nosotros: en la pobreza y en la abundancia, en la alegría y en la tristeza, en la guerra y en la paz, en la esclavitud y en la libertad, en la cárcel o en la indigencia, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte.

En el Evangelio de Marcos 10:32-34 dice: “Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar a los doce aparte, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer: He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenaran a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, y le azotarán, y escupirán en él, y le matarán; mas al tercer día resucitará”

Se dice que Jesús anduvo hacia la cruz, que significa caminar hacia la Gloria. Se nos invita a andar como él anduvo, siguiendo sus pisadas.

No es cierto que el devenir existencial del creyente sea una eterna primavera y un camino de rosas que desprende un aroma profundo y embriagador que inunda nuestra alma y la colma de felicidad.

Si en la hermenéutica de Cantares identificamos a la esposa con la Iglesia, se nos dice que ésta, además de la primavera, tendrá que experimentar otras vivencias antes de fundirse con su esposo en un abrazo eterno.

La primavera constituye una vivencia de la esfera de la intimidad que nos adelanta el gozo inefable que supondrá nuestra plena realización en el mismo corazón de Dios.

Pero la esposa tendrá que atravesar desiertos, escalar escarpadas montañas y sufrir las injusticias de las superestructuras del poder en que vive inmersa. La Iglesia también camina con su propia cruz y en el contenido de sus vivencias oníricas se esconde su drama y su gloria. La cruz es un precio que tiene que pagar, no para salvarse, sino como plasmación de su realización soteriológica inmanente.

Su cruz es el sacrificio y la entrega a la voluntad de Dios.

Estamos llegando al final de este apartado y debemos tener presente que para llevar las “sandalias del Evangelio” bien puestas, para que este don funcione en la Iglesia, es necesario andar con Dios.

En definitiva, la invitación que se hace a la esposa es a andar como Él anduvo, con las sandalias del evangelio puestas. Cuando esto ocurre, es cuando el Amado exclama: ¡Cuán hermosas son las pisadas de tus pies en las sandalias, oh hija de príncipe! Pero los pies, como don, deben estar calzados con el apresto del Evangelio de la paz. Se trata de una proclamación que explicite la inmanencia y la trascendencia del Reino de Dios.

Como diría Dietrich Bonhoeffer, es necesario proclamar el Evangelio de la “gracia cara” y no el Evangelio de la “gracia barata”, expresión kerigmática digna de una religiosidad intrascendente y tanática.

La evangelización no es para la salvación de las almas de las personas, sino para la liberación y realización de las personas integrales como seres estructurados, yoicamente, en un soma, un alma y un espíritu.

El evangelio del Reino de Dios, no sólo tiene una dimensión espiritual, sino también ética, social, material y política. Y es en este sentido que Dios desea que su esposa se vista con unas sandalias que se correspondan con las necesidades básicas de toda la creación antropológica y cósmica.

En Cantares 7 se describe a la esposa como “hija de príncipe”. Literalmente, el término “príncipe”, significa un ser liberal y generoso de corazón. Las características son las que se manifestaron en el Evangelio que Jesús predicó.

Ya en la carta de Santiago, el hermano del Señor avisa de los peligros que la Iglesia tendría en su devenir histórico si se produjese en el seno de la misma una metamorfosis: es decir, pasar de ser el cuerpo de Cristo, como organismo vivo, para transformarse en una entidad religiosa ansiosa de poder para controlar las conciencias, y servir y participar de los presupuestos alienantes del Sistema.

El dinero y el poder, que se retroalimentan, no deben de ser la referencia paradigmática de aquellos que nos llamamos discípulos de quién dijo: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos”.

El evangelio debe traer paz al corazón, liberación a las conciencias y esperanza física y metafísica a toda criatura que desea realizar el deseo vehemente de eternidad que vive subliminalmente en los estratos más profundos de su ser.

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