“Dios, Ciencia y Conciencia”, por Antonio Cruz

“Dios, Ciencia y Conciencia”, por Antonio Cruz

En su libro Maximes et pensées, el literato y moralista francés del siglo XVIII, Nicolás-Sebastien Roch, dice que antes de leer un libro le gusta saber quién lo ha escrito.

A mí también.

Por esta razón en mis críticas literarias concedo espacio a los autores cuyas obras analizo. Y por esta misma razón reproduzco aquí los apuntes biográficos que empleé al presentar los dos últimos libros del mismo autor de este tercero.

Antonio Cruz es uno de los intelectuales más destacados que tiene en estos tiempos el protestantismo de habla hispana. La primera página de Dios, Ciencia y Conciencia está dedicada, íntegra, a un breve esquema biográfico sobre su persona y sus trabajos. Por ella sabemos que ha sido Catedrático de Biología y jefe del Seminario de Ciencias Experimentales. Biólogo investigador del Departamento de Biología Animal de la Universidad de Barcelona. Ha pronunciado conferencias sobre Dios y Evolución, Fe y Ciencia en todos los países de la América hispana y Estados Unidos. Esto le ha valido el reconocimiento de importantes Universidades en Honduras, Guatemala y México. Como escritor ha publicado 14 libros. Actualmente y por encargo de Editorial Clie trabaja en un Diccionario sobre plantas y animales de la Biblia. En su faceta cristiana ha ejercido como pastor en iglesias de Tarrasa y Sevilla. También como profesor del Centro de Estudios Teológicos en Barcelona. Como especialista en Biblia colabora con la Facultad Latinoamericana de Estudios Teológicos.

Tres largos y bellos capítulos forman el libro que estoy comentando:

Dios y el Cosmos.

Dios y la vida.

Dios y la conciencia.

Dios, siempre Dios. Para Antonio Cruz no hay nada más elevado que acercarse a Dios, descubrir y propagar sus rayos divinos entre el género humano con el que contactamos. Entiende que el universo no es más que un vasto símbolo de Dios. Quitemos a Dios de este universo y será sólo una gran ilusión. Cruz ha experimentado, vivido, que Dios está en él. Intelectual de talla, tiene el convencimiento de que es el corazón y no la razón el que acerca a Dios.

Cuenta Antonio Cruz una experiencia vivida a los quince años, siendo estudiante de Bachillerato. Uno de sus profesores dijo en clase que la Biblia “era sólo una gran obra de la literatura religiosa antigua pero que no había que entenderla necesariamente inspirada por Dios, ya que contenía numerosos errores”. Dice Cruz: “al escuchar esta frase noté como si se me encogiera el estómago”. Al llegar el turno de preguntas fue el primero en levantar la mano y preguntó al incrédulo: “profesor, ¿ha leído usted la Biblia?” Sorprendido y sonrojado el maestro de adolescentes respondió que no, pero tenía amigos que le habían hablado de ella”.

La historia ocurrió hace cincuenta años. Antonio, que ha pasado por todas las facetas de la enseñanza, de la escuela primaria a Catedrático de universidad, comenta que por imposición del nacionalcatolicismo la situación no ha mejorado, más bien ha empeorado significativamente: “hoy son legión -dice- los profesores ateos o agnósticos que aprovechan la preeminencia que les otorga su situación académica para burlarse del teísmo o ridiculizar, siempre que tienen oportunidad, a aquellos alumnos que se manifiestan creyentes y aceptan la Escritura como palabra de Dios”.

Escritores ateos que se esconden bajo el paraguas de la ciencia continúan abogando por una creación sin creador, una hipótesis cosmológica totalmente disparatada. Si esta idea se revistiera de verdad científica indiscutible, a Dios le quedaría poco que hacer en un universo formado por las solas leyes físicas. Pero esto no se ha dado ni se dará jamás. El que está en los cielos se ríe de semejantes disparates humanos, tal como insinúa David en el segundo salmo. Es el corazón el que siente a Dios, no las hipótesis de la ciencia, dice Antonio Cruz.

Los creyentes estamos excluidos de ese pensamiento supuestamente progresista, moderno y avanzado. Nos excluimos voluntariamente, coherentes con nuestra fe. Y hemos de demostrarlo en el entorno en el que se desarrolla nuestra vida. Nuestras creencias deben ser aireadas, no escondidas, ni escondernos nosotros silenciosamente ante el empuje de una ciencia sin Dios.

Ciencia y Conciencia titula Cruz su libro. Sostiene que la ciencia atea produce la tiranía, el asesinato de la creencia, en tanto que la conciencia del que cree juzga los hechos y los misterios de la vida, lo que entendemos y lo que se escapa a nuestro entendimiento, a la luz de la revelación Divina. Dios jamás se equivoca. La conciencia del creyente late al ritmo del pensamiento de Dios. Tener una conciencia recta en torno al manojo de creencias falsas que tanto abundan supone caminar en silencio de la mano de Dios.

No puedo, ni quiero poner punto final a este artículo sin regalar al lector las últimas líneas del libro escrito por el eminente biólogo que afortunadamente sigue vivo entre nosotros. Se trata de un párrafo largo, pero no importa. Agradecido a Antonio, mi mano derecha no se cansa al escribirlo con bolígrafo azul. Es este: “Al descubrir a Jesús entre sus renglones milenarios y entender su mensaje, nuestra vida queda inmediatamente contrastada e interpretada por él. Descubrimos nuestras equivocaciones existenciales (llamadas “pecado” en la Biblia) y podemos lograr la fuerza necesaria para vencerlas y no volver a caer en ellas. El Espíritu Santo actúa así hablando a nuestra conciencia a través de la lectura de la Escritura y señalándonos aquellas áreas de nuestra vida que deben ser corregidas. El arrepentimiento sincero y el despertar de la fe en Jesucristo se anticipan siempre al perdón divino.

Si la Biblia fuera una gran mentira inventada por los hombres, (como creen algunos) realmente la humanidad estaría ante un gran problema porque, de hecho, es el único libro que nos habla de trascendencia, de eternidad y de cómo formar parte de ellas.

No obstante, afortunadamente poseemos muchas razones para confiar en la Biblia como genuina revelación divina. Hay muchos libros en el mundo que forman a las personas (como los libros de texto de las escuelas y universidades), otros reforman (como algunos de autoayuda) pero solamente existe un libro que transforma por completo a las criaturas. Se trata de la auténtica Palabra de Dios”.

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